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Ciao Bella

Habían pasado tres años desde que no veía a Carolina.
Siempre consideré que era una buena persona, soñadora, naif, atractiva y anclada en los 80 por su forma de vestir. Pantalones a la altura de la cintura, pelo endemoniado con bucles de oro sujetados por pinzas horteras de las que usaba mi madre para sujetar sus rulos, y una forma de bailar a lo Irene Cara en Flash Dance.
Había conocido a sus amigas, eran un poco excéntricas, la una anoréxica por convicción, su aversión al vómito hacía que no comiese ni bebiese nada que pudiera sentarle mal y desatar la peor de sus neuras, y la otra, tan sensible que lloraba al partir tomates por las malas vibraciones que le transmitían desde el mundo de las verduras.
Con todo y con eso, Carolina había estado en mi vida durante mi periodo azul y, ahora, después de tanto tiempo, no sabía cómo iba a sentirme con el reencuentro.
-Ding, dong.
Corro a abrir la puerta y ahí está ella. Abrazos, risas, y todo sigue igual. Ahora lleva el pelo estilo “Principito” y una sola pinza hortera para sujetar su mechón rebelde. Está preciosa. Lleva una falda vaquera estrecha, una camisa de cuadritos metida por dentro y unos zapatos ortopédicos. Me cuenta los cambios de su vida, ahora vive en Milán, tiene un novio divorciado que es IT, no sé lo que es IT, ella me lo explica en francés, sigo sin entenderlo pero no importa. Abre su maleta de boy scout (¿podrá decirse “Girl scout”?), me da tres regalos unificados por el naranja a cuál más feo, pero como lo hace con tanto amor, cómo no voy a poner cara de sorpresa maravillosa. Ella me imagina siempre de ese color. No sabe que yo soy azul. Recordamos tiempos pasados, cuando compartimos casa en Marrakech, ahí si que todo era azul, pero del profundo, del oscuro, del que te penetra. Es feliz. Carolina está feliz. Lo sé por sus ojos, me doy cuenta de que le centellean más que nunca. Abrimos una cerveza, preparamos la cena, una lasaña perfecta, un lambrusco, nos fundimos en un abrazo internacional y nos vamos a dormir. Dejo café hecho, y saco magdalenas, siempre le han gustado. Ella se levantará antes, coge su avión a las 9 de la mañana. No la volveré a ver en mucho tiempo. Es sábado, me despierto, Carolina ya no está. Me ha dejado un recuerdo, su pinza, ella sabe que en este momento sonrío, y sabe que la guardaré y que nunca me la pondré. Es demasiado hortera.
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Un saludo