16.7.07

Ciao Bella


Habían pasado tres años desde que no veía a Carolina.

Siempre consideré que era una buena persona, soñadora, naif, atractiva y anclada en los 80 por su forma de vestir. Pantalones a la altura de la cintura, pelo endemoniado con bucles de oro sujetados por pinzas horteras de las que usaba mi madre para sujetar sus rulos, y una forma de bailar a lo Irene Cara en Flash Dance.

Había conocido a sus amigas, eran un poco excéntricas, la una anoréxica por convicción, su aversión al vómito hacía que no comiese ni bebiese nada que pudiera sentarle mal y desatar la peor de sus neuras, y la otra, tan sensible que lloraba al partir tomates por las malas vibraciones que le transmitían desde el mundo de las verduras.

Con todo y con eso, Carolina había estado en mi vida durante mi periodo azul y, ahora, después de tanto tiempo, no sabía cómo iba a sentirme con el reencuentro.

-Ding, dong.

Corro a abrir la puerta y ahí está ella. Abrazos, risas, y todo sigue igual. Ahora lleva el pelo estilo “Principito” y una sola pinza hortera para sujetar su mechón rebelde. Está preciosa. Lleva una falda vaquera estrecha, una camisa de cuadritos metida por dentro y unos zapatos ortopédicos. Me cuenta los cambios de su vida, ahora vive en Milán, tiene un novio divorciado que es IT, no sé lo que es IT, ella me lo explica en francés, sigo sin entenderlo pero no importa. Abre su maleta de boy scout (¿podrá decirse “Girl scout”?), me da tres regalos unificados por el naranja a cuál más feo, pero como lo hace con tanto amor, cómo no voy a poner cara de sorpresa maravillosa. Ella me imagina siempre de ese color. No sabe que yo soy azul. Recordamos tiempos pasados, cuando compartimos casa en Marrakech, ahí si que todo era azul, pero del profundo, del oscuro, del que te penetra. Es feliz. Carolina está feliz. Lo sé por sus ojos, me doy cuenta de que le centellean más que nunca. Abrimos una cerveza, preparamos la cena, una lasaña perfecta, un lambrusco, nos fundimos en un abrazo internacional y nos vamos a dormir. Dejo café hecho, y saco magdalenas, siempre le han gustado. Ella se levantará antes, coge su avión a las 9 de la mañana. No la volveré a ver en mucho tiempo. Es sábado, me despierto, Carolina ya no está. Me ha dejado un recuerdo, su pinza, ella sabe que en este momento sonrío, y sabe que la guardaré y que nunca me la pondré. Es demasiado hortera.

10.7.07

La fiesta de Gabrielle













Con 5 años tenía el pelo corto, moreno y con flequillo. Gabrielle, escrito con “LL” y “E” final, era más bajita que yo, las mejillas salpicadas de pecas y una hermana mayor que nosotras, pelirroja, cuyo cumpleaños era cinco días antes que el mío.

Gabrielle era mi mejor amiga.

Yo vivía en un 5º piso, desde la ventana de la cocina siempre veía un bosque de castaños. Descubrí que eran castaños el día en el que rompí una especie de cáscara llena de púas y salió de ahí el fruto. No me gustaban las castañas asadas porque en ellas podías encontrar gusanos sin cara, no como los de los cuentos que siempre sonreían.

A Gabrielle le encantaban.

Un día, Gabrielle me dio una cartita, ponía mi nombre escrito, Christina, sí, escrito con "H", como el de la cantante pop que tanto le gusta a mi hija. El próximo sábado celebraba su sexto cumpleaños en la casa de campo de su abuela.

La emoción festiva me impidió dormir la última noche antes del emocionante evento. Mi madre había decidido que para la fiesta de Gabrielle me pondría uno de mis vestidos de domingo, el que más me gustaba, el de nido de abeja, estampado de margaritas, fondo negro y lacitos rojos a modo de tirantes. No entendía por qué me iba a poner ese precioso vestido, si estaba reservado sólo para los domingos y según ponía en la cartita era sábado. Pero me encantaba.


Me levanté muy muy temprano, iba a ser un día especial, desayuno con Eko, no podía tomar cola cao, tostaditas sólo con mantequilla y un baño memorable con mi pato llamado “Pato”. Todo era perfecto hasta que vi aparecer a mi madre con aquello, eran unas bragas de punto y encaje blancas, con lacitos rosas, no daba crédito a lo que tenía delante de mí, era lo más horroroso que había visto en mi vida. A tan temprana edad ya tenía mi criterio muy claro, y aquello era lo peor que había visto. A mí me gustaban las braguitas de algodón, con mariposas, corazones, nubes o cerezas.

No podía ir al cumpleaños de Gabrielle con “eso”. Intenté en vano utilizar todas mis dotes de persuasión de niña que conocía. Salí con las bragas puntillosas puestas, mi madre era insobornable a besos.

La casa de la abuela de Gabrielle no era una piso de ladrillo como el mío, era una mansión, en el colegio me habían hablado de esas casas enormes, y era así, justo como me las había imaginado.

Gabrielle tenía muchísimos invitados. Jugamos al escondite, a pilla pilla, al salto dentro de sacos, a carreras con esos balones de goma enormes con dos orejitas y un millón de diversiones más. Todo era mejor de lo que me había podido imaginar, y eso que normalmente me imaginaba todo tan minuciosamente que nunca llegaba nada a sorprenderme. Igual que ahora.

El calor de ese mes de julio, aunque fuese en Ginebra, era sofocante. Esa fue mi perdición.

De pronto oí a la abuela de Gabrielle gritar con una gran sonrisa:

-Venga niños, fuera camisetas, vestidos, faldas y pantalones, vamos a refrescarnos a ritmo de samba y manguera.

Me petrifiqué, no podía moverme, cómo iba a ser posible, ahora tendría que enseñar las bragas de punto y lacitos a todo el mundo, iba a ser el hazmerreír. Saqué fuertas, intenté alejarme, pero estábamos vigilados y me cortaron el paso. Una señora con aire simpático se acercó a mí, me levantó los brazos y me sacó el vestido de margaritas. Quería llorar, fui fuerte y me contuve. Todos seguían riendo, corriendo, huyendo de las ráfagas de agua, y yo sin moverme, hasta que Gabrielle se acercó, me cogió de la mano y me dijo:

- Corre, corre Christina, que te van a mojar tus braguitas preciosas .

La diversión y esas palabras hicieron olvidar mi gran vergüenza, no paramos de jugar hasta el atardecer. Todos estábamos muy cansados y felices. Empezaron a venir los padres a recogernos. La madre de mi mejor amiga Gabrielle se acercó a la mía y le dijo ante mi gran asombro:

-Por favor, dime dónde has comprado las braguitas de Christina son maravillosas. Son una obra de arte. Quiero comprarles a mis hijas, y mi cuñada me ha dicho que también quiere para mi sobrina. Nunca habíamos visto nada tan bonito.

Sonreí.

Desde entonces, siempre que me invitan a una fiesta me compro ropa interior especial, nunca se sabe cuándo enseñarás las bragas.

4.7.07

Soldeando


Las rebajas empezaron hace una semana, y considerando que trabajo jornada completa me queda poco tiempo para poder disfrutarlas, pero aún así he conseguido muchas cositas de mi agrado.

Soy rápida.

-5 vestidos (vaquero, azul, amarillo, verde y negro)
-2 camisas
-Una minifalda pantalón verde esmeralda
-Una falda vaquera
-5 bragas (estampados: corazones, picas, rayas, cerezas y caritas de mono)
-1 pijama de invierno
-1 pijama de verano
-1 vestido-camisón a rayas
-1 Mallas para sacar a Pucky
-1 cinturón
-9 camisetas
El mejor día fue sin duda el domingo, los niños (Angelito, Santigatita, Jr ) y yo nos aventuramos a mediodía a recorrer las calles madrileñas en busca de chollos. No es que pensásemos que íbamos a encontrarlos, pero el vaiven y el trasiego de entrada y salida a probadores fue espléndidamente divertido. Bueno, las bermudas de Angelito por 3,95, mi camiseta mexicana de 1,95, la bolsa guarra encontrada bajo la basura y una riquísima comida post compritas en la Alpargatería de fuencarral mostrando nuestras maravillosas gangas a ritmo de cervezas y pastas.
Se acabó la temporada verano 2007. Prometido. El año que viene más y mejor recorriendo la ruta de mercadillos de los Estates en nuestro bólido "Just Married".

16.6.07

Verano italiano

Huele a verano aunque no se vea. Cuando vas a cenar fuera a un lugar susodichamente snobista lo haces de buen grado aunque no por ello tengas que hacerte el guay cuando estás en él, la temporada de terrazas se ha abierto hoy, pero ha llovido y se ha postergado a otros días más soleados. Tras mentir como bellacos en nuestra visita a un amigo después de una operación y salir pitando ante una supuesta reserva restaurantil (no hay nada peor que llegar a las 23 horas a un restaurante y que te pregunten, ¿tienen reserva?), hemos llegado a un fashioitaliannini con encargado semidecuteluxe (según nos comentó salió en "Al salir de clase" y ha interpretado a un Ucraniano siendo Italohispano), con pintas Heidianas, yo con coloretes innatos, y un halo spanglish después de haber desestimado escuchar al padre de uno de tus mejores amigos (el enfermo muy muy mejorado) preguntarte si prefieres la declamación de la Emiliana Dickinsoniana en inglés o castellano provinciano, así que el affaire internacional ha sido monumental, la mesa de al lado con unas luxemburguesas, muy rubias y sosainas ellas, hablando su dialecto, ni francés ni alemán, y con una grappa final que ni El Padrino en su diabética declamación impregnada de dietética grasienta bacanal. La humedad del limonchelo esparcido por el mantel de lino ha sido el pistoletazo de salida de un próximo San Fermin que en breve hará su festín, un poquito de crítica fermosa hacia un triste carlosergibulcofebril y mucho de postín. Nos gusta vivir mintiendo por mentir, al Giorgiano y a mí, y dendro de muy poco al GuelianoGavierni para poder viajar desde el Este al Oeste Americano sin otro fin que pasar los días regalados con otro aire doble parejil, sin el pedrusco peleado para conseguir una tortilla de lechuga al pil-pil.

Buen viaje, a los que lo emprendan y a los demás también. Yo no me voy, solo con fantasía, sin trébol ni avispa. Ya huele.

28.5.07

Crónica de Valldigna


Ayer fue un día de ensueño para la princesa Laurita, con los nervios que una gran ocasión propicia, la preciosa infanta se levantó con el alba, sus vivísimos ojos mar centelleaban más que nunca, ella iba a ser la protagonista del día, lo sabía, y se había preparado para ello, pero no por ende consiguió aplacar la emoción de un gran momento en su historia.
Invitados ilustres del Reino y de los lugares más alejados del mundo acudieron a tan magno evento, desde los príncipes enamorados desde el lejano y restablecido Palacio de los Krisoles hasta la bella Jordilia del confín de la aristócrata ciudad condal, narradora artística de las emociones vividas. Los nervios se desvanecieron orquestados por el "savoir faire" de D. Hértor del Tamboril y Doña Mariela de la Organización secundados por la dulce y recién desposada Adriana y la maestria de doña María Teresa de la Hacienda Rosa . El pueblo se levantó y salió al balcón al paso de sus monarcas y la graciosa infanta, mientras la veterana y amada Reina Lucinda transmitía toda su sabiduría sólo con la mirada. El príncipe Lautis, heredero del reino del Agua , despertó la admiración de todas las doncellas, mientras el abuelo Lucas conquistaba con su locuacidad histórica a gran parte de los acompañantes. La princesita Laura, en este hermoso día en el que fue presentada a toda la sociedad brillaba más que el sol levantino, irradiaba la felicidad de la inocencia divina. Los anales recogerán este día envueltos por la música de trovadores inspiradores de cantares de gesta heroicos, patriotas, fermosos que por siempre jamás hablarán de Doña Laura de Hernando y Rodrigo de Valldigna, la princesita.

11.5.07

Nueve meses pariendo felicidad


Tengo una contracción continua desde hace nueve meses, sí apareció de repente, sin esperarla y no ha desaparecido.
Siempre pensamos que las contracciones son dolorosas, pues vaya contradicción de la contracción porque la mía es maravillosa.
Sin imaginarmelo ni por asomo de pronto empezó un dolorcito de estómago, parecido al de los nervios, sin sufrir ningún ataque aún siendo mujer, siguió con una ininterrumpida aceleración de todo mi ser que derivó en saltitos, sobresaltos y contracciones vitales de mails, de teléfono, de voz preciosísima, de viajes en tren, de sonrisa permanente, de sorpresas increibles, de más viajes, de mudanzas, de limpieza, de millones de besitos, de complicidad, de risas, de ilusiones, de regalos, de FELICIDAD PERMANENTE.
Quiero seguir eternamente con mis contracciones, son la hostia.
Feliz nuevemensuario Che.

7.5.07

Otro curioso incidente del perro a primera hora de la mañana


Aunque tenía los ojos abiertos estaba dormida, después de leer en el baño el suplemento de El Pais dominical , ducharme y con el gesto cotidiano de siempre, cogí la correa de Puck, y la bolsa recoge excrementos.

Hasta ahí todo normal, lo malo empieza tras escuchar el portazo:

-MIERDA las llaves.

Me encontré sola, con Puck y la bolsa de plástico a las 8 de la mañana.


Corro (cosa que nunca hago, exceptuando el verbo en su forma pronominal referido al sexo) como Lola con el pelo mojado hasta la salvación, la casa de mi hermana, ella debe estar ahí, ella tiene mis llaves, y no pasará nada. Pero, ohhhhh pobre de mí, ella llegó ayer de Nueva York, tenía yet lag, y como excepción hoy decidió salir temprano a desayunar y realizar gestiones que nunca se hacen.

Volvemos a correr, esta vez en dirección a mi casa, sin sentido, no había plan B, esos puñeteros planes que todo el mundo tiene pero que yo nunca atesoro.

De pronto oigo una voz,

-¿Puedo hacerle una pregunta?

Nos detenemos en seco. Asiento.

-¿quieres un churrito recién hecho, preciosa?

No doy crédito, no contesto y seguimos corriendo. A pesar de mi paquete de cigarrillos diario me sorprendo al ver que no desfallezco. Transpiro, y mucho.

Mi timidez poco habitual me juega una mala pasada, por qué tiene que presentarse ahora, cuando menos la necesito, tengo que pedir un teléfono, y me avergüenza. Lucho contra ella, Puck me nota nerviosa, intenta tranquilizarme y lo consigue con su mirada tiernamente penetrante.

Me armo de valor, entro en una tienda de plásticos que aún no está abierta al público, miran mal a Puck, me miran mal a mí, les explico aceleradamente mi tonta situación y....

Ohhhh ALELUYA,

Señalan un teléfono detrás del mostrador.

Llamo a mi hermana, no la oigo, al final comunico, ella está cogiendo el metro, tiene un pie dentro del vagón, le digo que lo saque, me dice que sí, pero me impela a que CORRA, no tiene tiempo, llega tarde...

Así que suelto el teléfono, doy las gracias mientras empezamos la carrera, y finalmente llego a mi destino, sofocada, roja, y orgullosa de haber conseguido las ansiadas llaves.

Es lunes, puedo entrar en casa, hace sol, son las 9 de la mañana, Pucky y yo nos fundimos en un gran abrazo. Lo hemos conseguido.