13 de julio de 2011

Días perros

Soy simpático, listo y dicen que graciosete. Son los rasgos característicos de mi perronalidad. Sí, soy un perro, lo que comúnmente se denomina chucho. Ningún secreto para vosotros.

Mi pasado fue muy turbio. Soy dickensiano por encima de todo. Mi libro preferido es Oliver Twist, la realidad barriobajera que relata tiene mucho que ver con la mía, aunque ésta sea en versión española. Es la primera vez que voy a contar mi vida. He intentado olvidar los episodios más duros. Servirá, eso creo, para superar traumas que, aunque cada vez menos, de vez en cuando aparecen.

A los tres años mi vida cambió. Como no quiero parecer un pupas y daros pena, os digo, desde ya, que mi existencia empezó a sonreír el día en que conocí a Rosa, mi niña. Eso fue unos meses después del atropello y de mi perra vida anterior. No me vayáis a ser blandengues y hacer algún pucherillo mientras seguís con el relato de mis Tiempos difíciles.

Como con Dickens, a veces, el porvenir más triste del más miserable puede cambiar.

***

Pepa, La Pelleja

Nada más nacer, de perra de mala vida y padre desconocido, me encontré en una casucha de campo en algún lugar del que no puedo daros ninguna referencia. Un pradito con hierbajos, que llevaban años sin ver un cortacésped, fue testigo de mis primeros correteos. Tenía sensación de libertad, sólo era eso, una ilusión. Miraba a la vieja con mucho amor, ella nunca posó sus ojos en mí. Ni una caricia ni una palabra cariñosa. Nada. Por lo que oí una vez, se llamaba Pepa, pero para mí, siempre sería La Pelleja. Era vieja, flaca como un hueso roído, y con tantos surcos en su piel que se podían plantar calabazas. El perro del vecino, al que no vi nunca, me dijo a través del seto que estaba loca como una chota. Me di cuenta de que no, lo que le pasaba a La Pelleja era que le daba al drinking de mala manera. Por el día dormía la mona, y cuando se despertaba, ya sin luz, volvía a sostener su botella de Gordons. Mis días eran a cuál más desgraciado. Cuando era cachorro me dejaba suelto entre la maleza, esos momentos de dicha pronto acabaron, me ató con una cuerda a una argolla que tenía en la entrada. Así que os podéis imaginar qué vida más perra llevaba. En esa época me dedicaba a cazar moscas, literalmente, me moría de hambre. Con La Pelleja sólo veía comida cuando tiraba las sobras fuera y tenía la suerte de que cayeran en mi campo de acción, muy limitado, por cierto. A veces, cogía carrerilla y saltaba con tanta energía, que me hacía sangre en el cuello del tirón que pegaba la cuerda. Cuando conseguía llegar a los despojos era feliz. Lamía las heridas y me dormía.

Sí sois muy sensibles, podéis pasar de largo el párrafo siguiente, os podría afectar.

Cada día estaba más débil, obvio, llegó un momento en el que La Pelleja sólo bebía, así que lo único que podía conseguir para comer, eran mis propias heces, sí, es así de duro, y sus vómitos de bilis y alcohol, que me sentaban fatal, lógico, los devolvía, y a su vez, me los volvía a comer. La miseria llevada a los extremos de la Inglaterra decimonónica. No conocía otro mundo, pero mi instinto me decía que fuera del sufrimiento habría algo más. Lo de molerme a palos lo llevaba mejor, había un momento en el que te volvías insensible, y caías en un estado de shock en el que no sentías nada, y eso era mejor. Ahora sé que mi peso normal es de unos veinte kilos, en esa época turbia no llegaría a los siete, y ahí incluyo la parte de mis melenas llenas de nudos y rastas que también deberían de pesar lo suyo. Estaba hecho un cuadro de un mal artista.

Un día de sol, casi desfallecido, empecé a roer la soga que me aprisionaba. Poco a poco la iba humedeciendo, lamido a lamido, después pequeños mordisquitos, y vuelta a empezar. Era mi rutina, así le veía un poco de sentido a mi desafortunada vida. La Pelleja no se daba cuenta de nada, sólo gritaba, pegaba y vomitaba, así que, tras unos días de mucho curro, lo logré. No podía correr, me arrastraba como en las maniobras del ejército por la broza. Me vio desde el ventanuco, salió empuñando un tronco enorme, yo no podía moverme con rapidez, ella tampoco, me logró golpear. En el suelo, la miré, saqué el poco arrojo que me quedaba, me lancé a su cuello y le hundí mis colmillos. Ella chillaba como un cerdo en San Martín, pero yo no la solté hasta que se desplomó. No me moví durante horas, entré en la casa, comí todo lo que encontré, que aunque poco y rancio me supo a delicatessen. Cogí fuerzas y salí del infierno. Pepa, La Pelleja había muerto.

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El Cojo

Deambulaba, dormía entre contenedores. Conocí a muchos perros y humanos. Me curtí. El Cojo me acogió. No sentía dependencia de nadie pero él me cuidaba, a su manera. Vivía bajo un puente, según comentaban era el de Segovia. Decían que ahí se suicidaba antes mucha gente. Nunca vi a nadie caer. La comida la buscaba yo. No dependía de nadie. Él me daba cariño, o eso creía. Nunca me había sentido tan cerca de alguien. Las noches frías las pasábamos juntos, debajo de cartones. Me gustaba. Él bebía, no como La Pelleja. Pimplaba a su manera, de forma continua cuando podía, y con temblores cuando no. Parecía un perro nuevo: El Cojo me cortó las greñas, a cuchillo, como hacían en el Oeste. Yo era el amo de ese sitio. Conseguía comida, el Carrefour de Lavapiés era el mejor. Sabía cuándo me podía meter en sus cubos para conseguir manjares de ricachones; el Mercadona de Acacias tampoco estaba nada mal, pero si quería perrear de verdad, me metía en el pijo Mercado de San Miguel y conseguía virguerías, para mi cojo, sus colegas y los míos. No penséis que tenía amigos, yo que nunca me había relacionado con nadie, sólo tenía la ilusión de ser popular. Nada más. Aquí nos movíamos por chulería. Tal cual. El Cojo, perdió su pierna por algo que él decía que era la polio. Era un tío majete, comparado con La Pelleja, era un pan bendito. Me introdujo en la literatura. La gente piensa que los vagabundos son incultos, nada que ver con mi amo. Sólo vivía por sus realistas, así los llamaba. Sólo había leído a Galdós, Víctor Hugo y Dickens, y para él eran la esencia del buen lector. Se le iba la olla con ellos, pero era lógico, si te sabes de memoria sus obras completas tienes que terminar majareta entre delirios novelescos.

Yo soy más crítico, de Galdós me quedo con la primera serie de los Episodios Nacionales. Del gabacho, Los Miserables y de Dickens ya sabéis cuál. Me conozco la vida de Oliver Twist al dedillo. Llevaba una vida bastante cómoda, aunque siempre tenía que estar alerta. Había demasiadas peleas, a mí no me gustaba involucrarme. Si no tenía más remedio daba alguna que otra dentellada, nada serio, eran heridas superficiales.

Una noche mientras descansábamos al lado de una fogatilla se acercó El Mellao con cara de pocos amigos. Ese tío era peor que un dolor de muelas. Nunca sabías por dónde te iba a salir. Le exigió a El Cojo un trago de su tintorro. Mi amo se lo dio. El Mellao quería bronca. Vertió el brick encima de los realistas y les prendió fuego. Su risa de loco se multiplicaba con el eco del silencio del puente. El Cojo intentó salvar sus únicos tesoros. El Mellao le empujó. Yo le mordí en la pierna. Sacó un cuchillo de carnicero y le asestó a mi amo tres puñaladas traperas. De nuevo, y por última vez en mi vida, saqué mis colmillos, los hundí en la yugular de El Mellao hasta que dejó de respirar. Mi amo murió. El incendio acabó con Galdós, Víctor Hugo y Dickens.

En la calle Bailén, como un homenaje del destino a los Episodios Nacionales quemados, me atropelló un coche.

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Rosa, mi niña

El mejor día de mi vida:

Recuerdo cuando la vi por primera vez. Fue hace años ya. Estaba preciosa, con sus ropitas de colores, sus ojitos brillantes y su sonrisa de niña buena. Desde el primer momento me encantó, me quedé como loco. Mi cabecita volaba, no podía pensar en nada. No veía ni a Black, mi compañero de jaula en la perrera donde me encerraron después del atropello. Y, con mi poco realismo característico, empecé a imaginarme la vida con ella. Daba grandes paseos por el campo, corría por la orilla de un río azul enorme o me tumbaba al sol y la miraba… Dejé de soñar cuando se acercó. Y puse cara de pena para conquistar su corazón y que, por fin, me sacaran de esa maldita perrera. La vida me había curtido pero para esa tribulación, no estaba preparado. Cuando viene alguien siempre esperas ser el elegido, sea quién sea, pero esta vez era diferente, quería que fuera ella con toda mi alma de perro. Mi corazón empezó a latir tan deprisa que me iba a estallar. Tampoco me quería hacer ilusiones en vano y miraba cada uno de sus movimientos intentando descubrir si se había decidido. Madre mía que mal lo pasé en esos momentos, la veía ahí y me decía para mis adentros: “Por favor, diosito de los perros que me elija a mí, que me elija a mí. Prometo que no morderé a nadie más en la vida. Perdóname lo de La Pelleja y lo de El Cojo”. No había acabado con mis oraciones de medio pelo cuando vi que se dirigía hacia a mí. Qué sensación. ¡Sí! ¡Me había elegido! ¡Gracias! Quería saltar. Quería correr. Lloré de la emoción. Sentí sus manos acariciándome por primera vez. Nunca olvidaré ese día. Para mi fue el mejor de toda mi vida.

Ahora tengo nombre. Me llamo Puck, en honor al duendecillo de El sueño de una noche de verano. A mi niña le gusta mucho la literatura, incluso más que a El Cojo. Todos los días me rasca la barriga, es lo que más me gusta. Yo creo que es como los besos. En la estantería del salón y de su habitación tiene a los realistas y a muchísimos autores más. Mi niña me dijo que mientras trabajaba por las mañanas aprovechase para escribir. Me hizo un blog para que lo contara todo. Ella sabe que tengo un pasado, imagina que no muy bueno. A veces por la noche cuando duermo y se acerca gruño, por miedo, por mis temores, pero ella lo comprende. Lo de la basura no le gusta tanto, aunque coma mis bolitas de pienso todos los días y alguna que otra fruslería ibérica de vez en cuando, mi niña no soporta que rebusque en la basura de orgánicos. Y sé que tiene razón pero no lo he podido evitar. Ahora creo que así, contando mis vicisitudes quizás me sienta mejor y no me den arranques de mi perra vida anterior. La sensación de felicidad que tengo tiene que ser parecida, o igual, a la que mi adorado Oliver Twist vivió cuando descubrió que Rose Maylie era su hermana y que le esperaba una vida llena de dicha. Su lugar en la sociedad. El mío está aquí.

Soy simpático, listo y dicen que graciosete. Ahora me conocéis.

27 de julio de 2010

Flash gordo

Todos los niños menos yo comían flash de pequeños, costaban diez pelas y había de todos los sabores y colores. Hoy cuando volvía a casa me he cruzado con un tipo muy gordo que degustaba su flash con apasionada fruición. Tenía canas y una barriga cervecera de las que nutres bien cada día. Todo hacía pensar que sobrepasaba los cuarenta pero cuando me he detenido a observarle, sí, lo he hecho, me he dado cuenta de que su cara y la emoción con que sorbía eran los de un niño de no más de diez años. De pequeño seguro que era un niñito rubito y con cara de angelote y ahora no quedaba nada de aquella monería. Normalmente cuando de pequeño eres guapo de mayor vas perdiendo hermosura y, esta regla no científica se cumple exactamente igual a la inversa. Yo era una niña bastante feucha y ahora puedo parecer hasta resultona. Lo que más me preocupa de esta tonta reflexión es que quizás lo único que le quede al señor gordo de su niñez sea su pasión por los flash, ni sus sueños, ni sus amigos, ni siquiera su cara angelical. De pequeña yo quería ser profesora (por Laura Ingalls de ‘La casa de la pradera’) o arqueóloga (por ‘Indiana Jones’) y mi profesión actual no puede estar más alejada de lo que quería ser de mayor, creía en el amor para siempre y rápidamente me di cuenta de que era todo una patraña, mi muy mejor amiga se esfumó, mis padres cometieron mil y un error más que yo y, la vida de adulto es muy injusta.

Al menos el sr. Gordo tiene su flash pero ¿y a mí qué me queda?

Flash Gordon y todos los superhéroes de cómic. Son mil veces mejores que los farsantes cuentos de hadas. A soñar.

7 de mayo de 2010

Ilusión azul

Abrió la puerta, nada más verla la abrazó. Ella soltó su mochila azul y le correspondió apretujándole aún con más pasión. Hicieron el amor en el suelo de la habitación. Dijo que tenía hambre y encargó al servicio de habitaciones un sándwich mixto para ella y uno de queso para él.
-¿Me quieres, Romeo? Preguntó mientras mordisqueaba un trocito de tomate.
-No, sólo deseo tu cuerpo, Julieta, my forbidden love. Una carcajada sin contención le siguió mientras se lanzaba, con teatral sigilo, hacia ella. En la cama, esta vez, se dieron un apasionado revolcón.
-Nos vendría bien un baño, dijo Julieta mientras le secaba el sudor de su vientre.
Llenaron la bañera de bolitas azules que hicieron muchísima espuma. Ella jugaba como una niña en la nieve mientras Romeo cantaba con desafino el ‘Te quiero’ de Nino Bravo.

20 de abril de 2010

La firma

Federico llevaba entrenándose desde que tenía uso de razón. En 1981, cuando tenía cinco años, su padre comenzó con él las clases de reeducación. No quería que su hijo sufriera lo mismo. Federico guardaba en el presente los recuerdos que pasó con él. Jugaban al fútbol, escribían caligrafía, hacían sumas usando los dedos como le había enseñado su abuelo, comían sopa, filetes y helados, y se abrazaban por el lado correcto como indicaba la norma del nuevo régimen.
Eran felices. Federico nunca olvidaría los años que pasó con su padre. Se enteró mucho más tarde de que éste había sido asesinado por las brigadas verdes. Su padre murió fusilado por ser zurdo con el agravante de apellidarse ‘Izquierdo’. Federico consiguió, gracias a unos parientes exiliados en Suiza, un nuevo apellido, Rivera, y pasaporte que nunca utilizó. Los organismos internacionales se mantuvieron al margen. No querían oír hablar de contiendas bélicas anti siniestras.
En el año 2000 se impuso la nueva norma. Federico iba a ser de los primeros de su generación en pasar el test para optar a un puesto en la administración pública. Tenía miedo. Esa tarde, además de las pruebas del temario, se sometería al examen de los ‘verdaderos diestros’. No podía trabajar para el Estado si no era reconocido con la categoría de ‘Ciudadano auténtico de la dictadura de la derecha’. No podía fallar.

16 de abril de 2010

Sinfonía nº 9

Mientras Leonardo bebía el último sorbo de su ‘Marqués de Riscal’ pensó que ya iba siendo hora de que Juanma abriese otra botella de vino. En ese mismo instante Valeria se dio cuenta de que ya había tomado demasiado con el aperitivo y que empezaba a sentir vergüenza por las estupideces que Leonardo había dicho sobre el arte primitivo de los gauchos. Cada día le aguantaba menos. Marta aprovechó que sus invitados estaban abstraídos para hacerle una sutil señal a Juanma para que trajese más tinto. Bastante tenía con haberse ocupado de la dorada a la sal y de la crema de verduras para estar pendiente, un sábado por la noche, del amigo beodo argentino de su marido y de su pedante y siliconada mujer. Nunca le habían caído bien los rioplatenses. Al menos los que ella había conocido en España.
En la cocina Juanma buscaba en su mini bodega termoeléctrica, último regalo del día del padre, cuando apareció Valeria. Le cogió por detrás y empezó a acariciarle con el celo de una bestia.